Comités de represión

Jorge cree que nada cambiará

9 de noviembre de 2007

Jorge cree que nada cambiará

Luis Cino

LA HABANA, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – Jorge cree que nada
cambiará en Cuba. Que su vida seguirá como hasta ahora. Sin esperanzas
ni oportunidades. Luchando día a día por subsistir.

Hace años que perdió el optimismo, si es que alguna vez lo tuvo. Sólo le
queda una triste resignación, mezcla de la indolencia y el cinismo que
da no creer en nada. Ni siquiera en Dios.

Tiene 46 años, pero aparenta muchos más. Trabaja en una fábrica y como
el salario no alcanza "ni para empezar", adicionalmente recoge
apuntaciones para un "bolitero". Así y todo, el dinero sólo le alcanza
para mal comer. Hace años renunció a lujos tales como comer en un
restaurante o ir a un cabaret.

Se siente viejo y vencido. Sólo le queda la añoranza por los años de su
juventud. Son su paraíso perdido. No estuvieron exentos de escasez y
dificultades, pero los idealiza. Los perfuma con Galeón, los viste con
una camisa Yumurí y le pone música de Barry White.

Los jóvenes no le creen que con veinte pesos se podía salir con una
novia un sábado por la noche y quedaba dinero. Tampoco creen que, en
1978, pasó su luna de miel en el Nacional.

Jorge necesita soñar con algo, y como no tiene proyectos para el futuro,
sueña con el pasado.

No estaba preparado para el desastre. Lo enseñaron a vivir de su
trabajo. A confiar en el estado. Aunque nunca hizo mucho caso a las
consignas, creció esperando la llegada del futuro luminoso que prometían
en los discursos. Hasta que llegó el Período Especial, consideró que
hacer negocios era algo pecaminoso que no iba con él. Entonces se vio
obligado a inventar. Empezó por ir al campo en bicicleta a cambiar ropa
por viandas. Luego, vino todo lo demás.

Hace un mes participó en la asamblea de lamentaciones que convocó el
Partido Comunista en su . No planteó nada. ¿Para qué?
No cree que salga nada positivo de dichas asambleas. Tampoco de las
elecciones municipales del Poder Popular, pero votó disciplinadamente
"porque no conviene señalarse con el CDR".

Jorge vive con miedo. Se le nota en su mirada de animal que acecha. No
le gusta hablar de política. No quiere buscarse problemas. Las paredes
tienen oídos y no se sabe quién es quién. Sólo la necesidad y el hambre
de sus hijos lograron que venciera el temor al jefe de sector de la
policía y se enrolara en lo de las apuntaciones. Recoge fijos, corridos
y parlés por los alrededores de la fábrica. Lejos del barrio y tomando
precauciones.

Tiembla cada vez que el presidente Bush anuncia nuevas medidas para
"acelerar el tránsito a la democracia en Cuba". Por lo general, nada
bueno viene después. Siempre son los cubanos de a pie, de las dos
orillas, los que pagan los platos rotos. O los obliga el gobierno cubano
a cambiar los dólares por chavitos cuc o les limita el gobierno
norteamericano el envío de remesas y los viajes a Cuba.

Ahora, con los mandarines crispados y nerviosos por el discurso de Bush
sobre Cuba del día 24 de octubre, Jorge teme que cualquier cosa puede pasar.

Por estos días, la propaganda oficial agita fantasmas para asustar a los
cubanos con la posibilidad del cambio. Les dice que van a perder no sólo
las escuelas y los hospitales que "les garantiza el socialismo", sino
hasta las casas. Entre otros disparates, les hablan de anexión y auguran
pelotones de fusilamiento de "la mafia de Miami con 3 días de licencia
para matar comunistas".

Jorge no considera probable una invasión norteamericana, de tanto que la
anunciaron. No cree en fantasmas. Dice que está curado de espantos.
Además, no tiene nada que perder. ¡Es tan poco lo que tiene! Le divierte
la idea de que alguien en Miami tenga interés en reclamar las ruinas
donde habita.

Sólo teme que haya más represión y "todo se ponga peor". El menor de los
males es que vuelvan las marchas combatientes y las tribunas abiertas y
entonces no pueda ni siquiera ver tranquilo la TV (últimamente se ha
aficionado a los Expedientes X y a Dr. House).

Por lo pronto, los chivatos del barrio (que sí creen en fantasmas o se
hacen los que creen) andan intranquilos y vigilantes. De nuevo con la
guardia en alto. Jorge redobla sus precauciones con sus listas.
Desconfía de todos. Huye de los vecinos que "hablan mal del gobierno".
No quiere problemas. Está resignado a la idea de que en Cuba, después de
Fidel, nada cambiará. Él, al menos, no espera vivir para verlo.

http://www.cubanet.org/CNews/y07/nov07/09a4.htm

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