Comités de represión

El sagrado derecho de la familia Payá

Payá, Disidencia, Exilio

El sagrado derecho de la familia Payá
A la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad
Eugenio Yáñez, Miami | 13/06/2013 10:39 am

Cuando vivía en Cuba, la primera vez que supe de Oswaldo Payá y su labor
cívica fue por noticias de la radio extranjera, puesto que en la
información oficial, naturalmente, él era ninguneado y silenciado.

Me asombró, y admiré a aquella persona capaz de salir casa por casa, en
ciudades donde los mítines de repudio campeaban por su respeto, a
proponer a los cubanos firmar una petición —cualquiera que fuese— que no
estaba dentro de las líneas, los intereses o las “orientaciones” del
Gobierno cubano.

El terror, las amenazas, los golpes, eran recursos de la dictadura que,
simplemente, no limitaban el accionar de Payá, un cristiano firmemente
convencido de sus ideas y del camino para materializarlas. Un hecho de
la magnitud de esa recogida de firmas requería, además de valor
personal, una convicción política y una capacidad de liderazgo de la que
no todos los valientes disfrutan, ni dentro de Cuba ni en el extranjero.

Cuando escuchaba aquellas noticias lo menos importante para mí era si
Payá y su Movimiento podrían recoger firmas equivalentes al 0,0001, el
0,2, el 17, el 43,25 o el 82,09 porciento de los votantes. Considerar
que la impronta de Oswaldo Payá y el Movimiento Cristiano Liberación en
Cuba puedan ser medidos por el porcentaje de firmas recogidas para sus
proyectos con relación a los eventuales votantes, en el mejor de los
casos es ingenuo, y en el peor, miserable: lo fundamental era la
disposición de esos cubanos valientes a tocar puertas, hablarle cara a
cara a las personas, mirándoles a los ojos, y solicitarles su firma en
una petición que, aun dentro de los marcos de lo autorizado por la
Constitución socialista, asustaría a más de uno. Solamente estar
dispuesto a salir a recoger esas firmas era un acto de dignidad y valor
de una trascendencia mucho más allá de la estulticia cotidiana.

¿Cuántos informantes de los CDR, militantes del Partido, “come-candela”,
segurosos, indiferentes, cobardes, habrán encontrado Payá y esos cubanos
dignos que le seguían cuando los residentes respondían al toque de las
puertas de sus casas y ellos comenzaban a explicar el por qué de su
presencia?

Cuando posteriormente todo el mundo tuvo conocimiento de la actividad de
Payá y su Proyecto Varela, gracias a un discurso del expresidente Jimmy
Carter en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, televisado a
todo el país y ante la prensa extranjera, la estatura política de
Oswaldo Payá se agigantó más aun.

Todo lo anterior no desconoce que, desde mi percepción, Payá no siempre
tuvo la razón en todas sus posiciones políticas, en sus relaciones con
la población cubana, con el resto de los disidentes y opositores dentro
del país, con la Iglesia Católica, ni con los exiliados. Considero que
no siempre sus propuestas fueron las mejores ni las más adecuadas. Sin
embargo, nunca he dejado de admirarlo y respetarlo, porque esa situación
demostraba que él no era un dios, sino un ser humano, con sus luces y
sus sombras, como somos todos, algunos con más luces, como Payá, otros
con más sombras.

Tras el nebuloso accidente de tráfico de junio de 2012 que costó la vida
a Oswaldo Payá y Harold Cepero, y las cobardes, confusas, vacilantes y
contradictorias declaraciones de los dos supervivientes extranjeros que
les acompañaban, la familia Payá, con todo su derecho, y teniendo en
cuenta las amenazas y “accidentes” anteriores que sufrió Oswaldo,
consideró insuficiente la explicación oficial sobre los acontecimientos,
y ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para conocer lo que
realmente podría haber sucedido ese trágico día. Eso no es ni majadería
ni testarudez, sino justo y normal reclamo de quienes pierden a un ser
querido en circunstancias nada claras y de antecedentes tenebrosos.

Ofelia Acevedo, la viuda de Payá, en todo momento demostró entereza,
dignidad y valor. Rosa María, la hija de Ofelia y Oswaldo, en su
reciente gira por Europa y Estados Unidos, siempre fue sobria,
responsable y certera en sus declaraciones, sin aspaviento innecesario
ni búsqueda de protagonismo, insistiendo en el empeño de que se pueda
conocer toda la verdad sobre la muerte de su padre, más allá de toda
duda. Tan certera resultó su gira que los esbirros del régimen
comenzaron a amenazarla a ella y a toda su familia desde el anonimato de
las redes sociales y las llamadas telefónicas malintencionadas, incluso
antes de que regresara a Cuba.

Ahora los familiares de Payá decidieron hacer lo que hemos hecho casi
dos millones de cubanos a lo largo de más de medio siglo, por una razón
o por otra: salir de Cuba y radicarse en el extranjero, en este caso en
Estados Unidos. Todavía no se conocen todos sus planes y estrategias
para esta nueva etapa, pero lo que hagan a partir de ahora, cómo y
cuándo, es algo que corresponde decidir a la familia Payá, a más nadie.
Ya el tiempo y la vida dirán la última palabra sobre los resultados de
sus decisiones.

Es cierto que, más que ciudadanos privados, los familiares de Oswaldo
Payá, sobre todo después de la gira internacional de Rosa María, son
vistos como figuras icónicas o símbolos de la oposición cubana, y eso
motiva criterios, comentarios y opiniones que no se expresan
habitualmente sobre cualquier hijo de vecino que decida hacer lo mismo
que ellos. A pesar de eso, esperar de todos los familiares,
automáticamente, similares acciones y posiciones a las del carismático
fundador del Movimiento Cristiano Liberación es una expectativa que, en
el mejor de los casos, peca de demasiado optimista.

Sin embargo, me parece que todos y cada uno deberíamos preguntarnos muy
claramente quiénes somos nosotros para juzgar y calificar las conductas
de la familia Payá y evaluar las decisiones del Movimiento Cristiano
Liberación como si viviéramos en las alturas del Olimpo, por sobre los
simples mortales, opinando festinadamente sobre lo que debieron o
deberían hacer.

La libertad de expresión, de la que todos disfrutamos en este país, no
nos da derecho a juzgar superficialmente las acciones de los demás, ni
nos convierte en Gran Hermano, vigilando desde el Parnaso la conducta y
las acciones del resto de los cubanos.

Sobre todo cuando no hemos logrado, después de más de medio siglo, que
se restablezca un Estado de Derecho en nuestra patria, y tenemos que
vivir en el extranjero con una libertad prestada que disfrutamos y
agradecemos, y bien miserables seríamos de no saberla agradecer.

De manera que, sin pretender juzgar lo que no me corresponde, ni sentar
cátedra de nada, ni dar “orientaciones” ni consejos a nadie sobre cómo
actuar, ante la noticia de la llegada de esta familia a Estados Unidos,
expreso una vez más mi respeto y mi admiración por el difunto Oswaldo
Payá, y les digo a sus familiares lo que corresponde en estos casos, lo
que tantos cubanos hemos escuchado al llegar a estas tierras de libertad
y que tanto optimismo nos ha brindado en esos momentos difíciles de la
llegada:

¡Bienvenidos a Estados Unidos!

http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-sagrado-derecho-de-la-familia-paya-284751

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