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Prostitutas revolucionarias

Prostitutas revolucionarias
MIRIAM CELAYA | La Habana | 2 Sep 2013 – 10:09 am.

Con el marxismo se reinstauró en Cuba la prostitución del trueque,
cambiándose sexo por ascender en la escala social. Las amantes de los
nuevos altos cargos fueron milicianas, cederistas, federadas.

Ningún fenómeno social surge de manera súbita o por generación
espontánea, sino que es resultado de un proceso a lo largo del cual se
acumulan sus componentes esenciales. El auge de la prostitución en la
“Cuba socialista” no es una excepción. De hecho, la prostitución no se
eliminó con las medidas dictadas desde el Gobierno, que favorecían la
incorporación masiva de las mujeres a la vida laboral, ni con los
amplios beneficios sociales que indiscutiblemente gozaron mientras duró
el romance subsidiado por el socialismo de Europa del Este, como quedó
demostrado cuando se impusieron las calamidades del llamado “período
especial” y el Gobierno optó por el turismo internacional como la vía
más expedita para el ingreso de divisas.

Con la revolución desaparecieron los burdeles, pero la prostitución no
hizo más que cambiar sus atavíos para enmascararse y sobrevivir bajo
otras formas, quizás más sutiles, que se fueron entronizando y
diversificando a medida que se consolidaba el sistema y se instauraba la
“meritocracia”, una casta eminentemente masculina formada por “cuadros
dirigentes” de mediano y alto nivel del Gobierno, del Partido Comunista,
oficiales de alta graduación del ejército o del Ministerio del Interior,
así como directores y administradores de numerosas empresas e
instituciones estatales. Entre ellos el éxito se relacionaba
directamente con los vínculos que tuviesen con el poder y se traducía
proporcionalmente en prebendas y en un nivel de vida muy superior al de
la media de la población.

Los privilegios de los que podía gozar la nueva casta de dirigentes,
según los niveles, incluían desde viajes al extranjero, vacaciones
gratuitas o de muy bajo costo en los mejores hoteles del país, atención
médica especial y clubes privados, hasta la asignación de viviendas o
automóviles, junto a una generosa cuota fija de combustible, entre
muchos otros.

A su vez, la meritocracia trajo consigo el auge de una casta
subordinada, la vaginocracia, formada por mujeres atraídas por el poder
y los beneficios de los nuevos ungidos a los cuales se vinculaban
sexualmente para disfrutar de un modo de vida al que, de otra forma, no
tendrían acceso. No siempre eran las esposas. Era un secreto a voces que
casi todo dirigente destacado solía acumular entre sus trofeos alguna
amante joven y hermosa que mantenía extramatrimonialmente en base a
regalos, prebendas y bienes materiales. Las más exitosas de estas
cazadoras lograban el matrimonio con su protector o llegaban a adquirir
una buena vivienda o un puesto de trabajo bien remunerado, entre otros
posibles beneficios.

No fueron excepcionales los casos en los que los jerarcas militares
viajaron con sus amantes incluso a sus “misiones internacionalistas”,
como ocurrió en Angola, en las cuales ellas aparecían emplantilladas
como personal de apoyo. Y seguramente lo eran.

Así, con el advenimiento del marxismo en Cuba y de la nueva clase en el
poder, se había reinstaurado la prostitución del trueque, cambiándose
sexo por beneficios materiales más que monetarios, y por la posibilidad
de ascenso en la escala social. El nuevo modelo renovaba los viejos
principios, tolerando los “vicios del pasado burgués” y maquillándolos
con los colores del proletariado. Las nuevas prostitutas no tenían
reparo en marchar en la Plaza Cívica en las fechas rituales, en vestir
de milicianas en los Días de la Defensa o en cotizar puntualmente para
el CDR o la FMC. Habían surgido las prostitutas revolucionarias, aunque
ni ellas ni la sociedad asumirían conscientemente tal definición.

Por su parte, la sociedad acataba las nuevas normas. A fin de cuentas
ofrecer favores sexuales a un cuadro de la revolución a cambio de
ciertos beneficios tampoco era tan reprobable. Ellos eran compañeros
sacrificados que pasaban mucho tiempo lejos de la familia y debían tener
algún esparcimiento; ellas, es cierto, comerciaban con el sexo, pero al
menos compartían la cama con un pilar de la patria, lo que de alguna
manera las convertía en patriotas. Si alguien tenía algo que criticar al
respecto, mejor que lo hiciera en casa y en susurros. Eran los tiempos
de apogeo de la intransigencia revolucionaria.

La doble moral se fue imponiendo casi inadvertidamente como cultura
nacional y como parte de los mecanismos de sobrevivencia en un país en
el que las estrecheces materiales empujaron a la sociedad hasta las
fronteras de la miseria moral. Casi toda la espiritualidad nacional
quedó constreñida dentro del corsé ideológico, lo que, sumado a la
irresponsabilidad civil crónica, contribuía al agravamiento del “daño
antropológico” que magistralmente define el laico Dagoberto Valdés.

Simultáneamente la estructura de la familia tradicional se fracturaba y
se trastocaban sus valores. Los padres perdían autoridad frente a la
patria potestad del Estado-Gobierno-Partido que se apropiaba de los
hijos y los adoctrinaba en la nueva ideología de comuna. Los hijos eran
becados desde la adolescencia y crecían en promiscuidad lejos del
control familiar. Se habían sentado las bases para el descalabro social
que sobrevendría al iniciarse la última década del siglo XX y los
cubanos estábamos por descubrir que la prostitución rebasaba los
acotados límites del comercio del sexo y se había adentrado en las
raíces de toda la sociedad. Pronto, la vaginocracia cedería ante la
pujanza y diversidad del “jineterismo”.

Source: “Prostitutas revolucionarias | Diario de Cuba” –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1377044041_4723.html

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