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De invisibles a ‘millonarias’

De invisibles a ‘millonarias’
MARÍA MATIENZO PUERTO | La Habana | 19 Feb 2015 – 10:25 am.

Las mujeres cubanas son clara minoría en el sector privado: un recorrido
por los negocios de la Calzada de 10 de Octubre y más allá.

Basta recorrer la Calzada de 10 de Octubre para tener una muestra. Por
lo general, gordas, negras, pobres y viejas pregonan a media voz lo que
venden: mantequilla o queso crema caseros, jabas de naylon, galletas de
sal, fósforos, máquinas de afeitar, tirantes de ajustadores, medias,
blumers o lo que les caiga.

Huyen si alguien se solidariza y les avisa que la policía se acerca. Y
un policía puede ser cualquiera. Un muchacho que lleva una barra de pan
bajo el brazo, el uniformado o una mujer que dice ser periodista y que
quiere entrevistarlas.

Prefieren seguir siendo invisibles porque así les va mejor. “Niña es
menos la presión si siguen haciendo como que no nos ven”, dice una, y se
refiere al Gobierno, por supuesto.

Pero la invisibilidad solo es en apariencias. La gente les compra y el
Gobierno de vez en cuando se acuerda de ellas. Sobre todo porque les
parece “feo”, más que ilegal —aunque en principio lo es —, que estas
mujeres intenten una subsistencia económica al margen de la economía
estatal.

Ellas están allí, aunque no lo sepan o no tengan conciencia, para poner
el dedo en la llaga, o quizás para “llenar el abismo que existe entre la
necesidad, los precios y la política del Gobierno”, reconocen algunos
observadores de la sociedad civil.

“Al final aquí mueren todos. Y la verdad es que no me voy a hacer
millonaria con esto”, cuenta Lucía, que toda la vida se ha dedicado a
vender café en los bajos de su edificio. “Por las mañanas me siento aquí
y le vendo lo mismo al teniente coronel del tercer piso que a Iris
cuando regresa de la escuela. Y claro, si me queda un buchito porque lo
he vendido todo prefiero guardárselo a mis clientes fijos que dárselos
al Jefe de Sector.”

El café de la bodega sabe más rico cuando lo hace ella. Eso lo demuestra
que algunos prefieren bajar las escaleras y desayunar mientras se
enteran de cómo amaneció el barrio.

Sin embargo, a Lucía tampoco la contempla en sus números la Oficina
Nacional de Estadísticas ni la Oficina Municipal de Contribución Tributaria.

Por su parte, Aylem, que ha mantenido a sus hijas adolescentes
trabajando de manicure en el patio de su casa, interviene:

“Yo llevo años sin licencia y no pienso pagarla. Por mi barrio todo el
mundo está igual. Un día vino el Jefe de Sector a preguntarme y le dije:
‘Mira, yo saco la licencia el día en que haya un lugar donde yo pueda
comprar las cosas más baratas.’ Yo compro la pintura de uñas a precio de
tienda en la tienda, cuando no se la compro a la gente que la trae de
afuera. Así la cuenta nunca me va a dar si el Gobierno no hace lo que
tiene que hacer.”

Un ejército de vendedoras de mani, chicharritas, galletas dulces y
saladas, menta plus y tortas de cumpleaños, permanece sin la voluntad de
declarar sus ingresos, que nunca superan los 50 dólares mensuales. La
remuneración que reciben es inestable, y dependen de la bolsa negra como
fuente de reabastecimiento.

Quilo a quilo

La historia se complejiza cuando se trata de tener un establecimiento
para una peluquería o una cafetería. “La gente te empieza a ver y eso es
peligroso porque siempre hay alguien que va y dice donde no debe, que tu
empezaste un negocio ilegal. Puedes terminar con una multa y con menos
de lo que empezaste. Aunque nosotras aprovechamos y alquilamos este
local”, dice Aylem, y describe los servicios que brindan allí.
“Peluquería (lavado, corte y teñido de cabello), manicures que ponen
acrílicas y los demás arreglos de siempre”.

En el 2010 la ONE publicaba en su página oficial que las mujeres son un
poco más del 42 porciento de la fuerza de trabajo del sector estatal, y
dentro de este, el 80 porciento de los puestos administrativos.

Algunas agencias informativas, entre ellas IPS, aseguran que en 2011,
solamente “el 38 porciento de la solicitudes como cuentapropistas habían
sido presentadas por mujeres”. La profesora e investigadora Luisa
Iñiguez se centra para dar estos datos solo en la población habanera,
detalle que excluye cualquier estadística relativa a las mujeres de
provincias.

“El incentivo hacia el trabajo por cuenta propia en Cuba no contempla
las desventajas económicas que lastra la población femenina”, dice una
vecina de Centro Habana que se vio obligada a legalizar su negocio de
alquiler de habitación por horas porque “el CDR se puso para ella”.

El negocio no le da para mucho, aunque en apariencia tenga una entrada
de dinero constante. Debe pagar impuestos que a veces superan las ganancias.

“El Estado propone 178 oficios y ninguno tiene que ver conmigo”, dice
una graduada de Química. “A mí me gustaría tener una perfumería y eso no
aparece contemplado en el listado que publicaron en Granma. Quizás me
decida a forrar botones”, añade con un dejo de ironía.

Los funcionarios del Poder Popular de la Habana Vieja limitan las horas
de inscripción al horario de la mañana. Por la tarde salen a verificar
cada una de las propuestas que presentan quienes aspiran a un espacio de
cuentapropista. Y siempre recomiendan que los primeros pasos tienen que
estar relacionados con el arrendamiento del espacio y las condiciones
higiénicas. “Si esto no está resuelto, mejor ni vengan”, dice uno de los
funcionarios de la Oficina de Planificación Física de la Habana Vieja,
quien se negó a compartir información adicional.

Camino a ser millonaria

“¿Qué prefieres, grabarme y que te diga lo que le digo a todo el mundo o
apagar la grabadora y escuchar la verdad?”, pregunta la propietaria de
un negocio particular de la Habana Vieja. “Aquí todo es legal. Yo pago
impuestos. Tengo la licencias que debo tener. Sin embargo, como se
supone que yo sola produzca, administre y comercialice todo lo que ves a
tu alrededor, alguien puede cuestionarse mi poder de gestión.”

“Al principio éramos tres amigas: una arquitecta, una comunicadora
social y yo, que soy diseñadora. Así que ninguna de las tres estaba
dispuesta a plantar un negocio de meriendas. Las tres habíamos recorrido
algo de mundo y apenas nos enteramos de que en Cuba ya se podía poner un
negocio, decidimos unirnos en nuestro gusto por la decoración. Cuando
llegamos aquí nos dimos cuenta que la cosa no era como se veía desde
afuera.”

Pensaron que Cuba había cambiado, que podrían replicar los pequeños
negocios que habían visto en Europa, donde la gente tomaba un café
mientras se decidía por uno de los tantos objetos de diseño que ofertaba
el establecimiento.

“Una de nosotras se cansó de ser invisible y se fue del país”, sigue
contando. “Como no existen los mecanismos para establecer una asociación
económica legal, la única que aparece como propietaria soy yo. Mi
palabra es el único nexo que existe entre los dineros que invertimos
para iniciar este negocio.”

Lo que cuenta esta mujer que se niega a identificarse no es una historia
entre miles. Para llevar su bazar, debe tener al día la licencia de
productora y comercializadora de productos artesanales, la de
modista-sastre, la de elaboradora y vendedora de alimentos en punto
fijo, y la de arrendamiento del lugar.

Sin embargo, algo diferente opina Myrielis Acosta, una historiadora del
arte a la que tras trabajar como galerista en el Centro Wifredo Lam la
maternidad le hizo definirse por una economía más sólida e
independiente. “El proceso es sencillo. Vas a la oficina de trabajo en
el Poder Popular y pides una planilla de inscripción por la que ellos te
comienzan un proceso de verificación. Lo otro es tener los permisos de
Salud Pública, y claro está, el dinero. En mi caso aportamos muchos
amigos aunque sea yo la dueña”.

Un ejemplo distinto en lo que respecta al negocio privado de mujeres es
el de las carteras Zulu. Una pequeña empresa familiar que funciona a
contracorriente desde 1994. Su propietaria cuenta cómo en los años del
“período especial” tuvo que pasar de profesora de matemática de un
preuniversitario a diseñar y administrar su propio negocio.

Una empleada zuya, Elizabeth, explica: “Yo estoy aquí para un día tener
mi negocio propio”. Es graduada de informática y no le interesa ser
secretaria ni policía, de modo que prefiere aprender a coser el cuero.
Trabajar en la empresa de otra mujer puede ser una experiencia
enriquecedora.

Exceptuando los conflictos que siempre han tenido con proveedores o
inspectores que “creen que somos millonarias”, todas las entrevistadas
para este reportaje opinan que el proceso de legalización de la pequeña
empresa para las mujeres es el mismo que para los hombres. No hay
conflicto de género. Pero las mujeres siguen siendo minoría.

Source: De invisibles a ‘millonarias’ | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1424337265_12968.html

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