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La pelea por la sociedad civil

La pelea por la sociedad civil
ANTONIO JOSÉ PONTE | Madrid | 20 Feb 2015 – 10:59 am.

Cuba-EEUU Jürgen Habermas Lenier González Mederos María Isabel Alfonso
Mariela Castro Espín Nancy Fraser Oposición Oposición leal Raúl Castro
Roberto Veiga Sociedad civil
EEUU se propone interactuar con la sociedad civil cubana, mientras que
Raúl Castro se propone secuestrarla y algunos teóricos justifican el
secuestro.

Ahora la pelea es por la sociedad civil. Por la definición de sociedad
civil. En el discurso donde anunció su voluntad de reestablecer
relaciones diplomáticas con Cuba, Barack Obama exigió que la sociedad
civil cubana estuviera presente en la Cumbre de las Américas, a
celebrarse en abril, a la que asistirá también una representación
gubernamental.

Un mes más tarde, Raúl Castro respondió ante la CELAC: “Se quiere que en
la Cumbre de las Américas de Panamá esté la llamada sociedad civil y eso
es lo que Cuba ha compartido siempre. Protestamos por lo que ocurrió en
la Conferencia de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en las
Cumbres de las Américas de Miami y Quebec, en la Cumbre de Cambio
Climático de Copenhague, o cuando se reúne el G-7 o el Fondo Monetario
Internacional, donde se le situó detrás de cercas de acero, bajo una
brutal represión policial, confinada a decenas de kilómetros de los
eventos”.

El General dio por supuesta la asistencia de la sociedad civil cubana a
la cumbre, aunque él se refería a “las organizaciones no gubernamentales
de nuestro país que obviamente no tienen ni les interesa tener ningún
estatus en la OEA pero sí cuentan con el reconocimiento de la ONU”.

Cuando habló de la sociedad civil en Cuba, Barack Obama incluyó
necesariamente a la oposición política. Ya residiera en ese punto de su
discurso la intención central de su nueva política hacia Cuba, ya fuera
una solución compensatoria o constituyera únicamente un pretexto para
otros objetivos, EEUU no podría prescindir de los grupos de oposición,
que han sido hasta ahora sus únicos interlocutores dentro del país. Por
política o por retórica, necesita de ellos. Aunque, junto a esos grupos,
las autoridades estadounidenses probablemente también atenderán como
representantes de la sociedad civil a las falsas organizaciones no
gubernamentales que operan en la Isla, contempladas por Raúl Castro en
su discurso.

Ah, las entrañas de la cubanidad

El mismo día en que Raúl Castro pronunciaba ese discurso, “un grupo de
emprendedores, blogueros, cineastas e intelectuales cubanos viajaron a
Washington DC para intercambiar con políticos, diplomáticos,
periodistas, empresarios y académicos estadounidenses y
cubanoamericanos, en un encuentro organizado por el proyecto Cuba
Posible y el Cuba Research Center”. El sitio Cuba Posible (de donde he
tomado la descripción anterior) publicó las ponencias leídas en ese
encuentro y, salvo un par de ellas, todas se centraron en lo que pueda
considerarse en Cuba como sociedad civil.

Uno de esos ponentes, Roberto Veiga, preguntó quiénes son los
representantes de la sociedad civil cubana. Cuestión difícil, aseguró.
Para él la sociedad civil estaba compuesta por asociaciones oficiales,
que padecían agotamiento institucional, y también por proyectos
autónomos que podían funcionar en la periferia de lo oficial, fuera de
lo oficial o en confrontación directa con lo oficial. Por lo tanto, la
oposición política quedaba incluida en ese esquema.

Veiga recomendó a las asociaciones oficiales que iniciaran un proceso de
reposicionamiento, a la vez que esperaba que una nueva ley de
asociaciones prestara al segundo grupo la posibilidad de legalizarse,
institucionalizarse y le facilitara el trabajo. Confiaba también en que
esa ley exigiera “responder a los intereses compartidos de la nación”.
De modo que, incluida la oposición política dentro de la sociedad civil,
quedaba abierta la posibilidad para actuar contra ella. No había más que
sostener la usual confusión de nación y régimen, y los opositores al
Gobierno estarían operando contra Cuba.

Roberto Veiga se arriesgó a imaginar un pluripartidismo, aunque
enseguida le añadió cautelas: ese pluripartidismo tendría que ser “leal
a las entrañas de la cubanidad”. Cabe aquí la pregunta de qué pueda ser,
hablando de política, la cubanidad, y qué puedan ser las entrañas de tal
esencia. Sin embargo, cualquiera que sean las respuestas a estas
preguntas, constituirán un buen pretexto para seguir con las expulsiones.

De tales expulsiones se ocupó, mucho más abiertamente, Lenier González
Mederos. Haciendo algo de historia, mencionó en su ponencia el colapso
de la arquitectura de la Segunda República y se refirió a determinadas
organizaciones de la era revolucionaria, “que han visto desvirtuada su
identidad institucional y han terminado siendo coaptadas por el Partido
Comunista como mecanismos verticales de transmisión”.

En su muy particular historia de Cuba, el fin de las instituciones
republicanas sobrevino únicamente desde adentro, sin que existiera una
política revolucionaria de arrasamiento. Y las organizaciones de masas
citadas por él —FMC, ANAP y CTC— no fueron creadas como instrumentos de
control político y policial, sino que se convirtieron en dichos
instrumentos andando el tiempo.

Si Roberto Veiga dividió en dos la posible sociedad civil en Cuba,
González Mederos prefirió una división tripartita. Estaba, en primer
lugar, la sociedad civil oficial, en la que cabían las organizaciones de
masas instauradas por el régimen. En segundo lugar, la sociedad civil
opositora, a la que, según él, las elites políticas de Miami habían
conseguido hacer pasar por la única sociedad civil. Y, por último, la
sociedad civil no opositora, que incluía el cuentapropismo y era a su
juicio el más dinámico e interesante de los tres grupos. (En base a un
esquema como este, donde hasta los CDR forman parte de la sociedad
civil, podría afirmarse que sociedad civil es todo aquello que no
constituya el partido único.)

Lenier González Mederos describió a la sociedad civil no opositora como
“un grupo amplio de actores sociales que, sin estar vinculados a los
estamentos oficiales dentro de Cuba, ejercen un quehacer crítico que no
implica una ruptura con ‘lo revolucionario'”. Por el contrario,
advirtió, “más bien han ido llenando el término de nuevos significados:
‘lo revolucionario’, lo legítimo, en Cuba hoy se ha ido ensanchando
positivamente”. (Es decir, que había una sociedad civil oficial, una
sociedad civil opositora y una sociedad civil no opositora que podría
considerarse como sociedad civil revolucionaria.)

Reconoció González Mederos que una nueva ley de asociaciones podría
beneficiar a la sociedad civil oficial, que así podría regenerarse, y a
la sociedad civil no opositora, que se fortalecería desde la tolerancia
oficial, aunque nunca a la sociedad civil opositora. “A los sectores de
la sociedad civil opositora que en el pasado han trabajado acoplados con
los andamiajes internacionales de confrontación contra el Gobierno
cubano, obrando para el ‘cambio de régimen’ o las ‘primaveras cubanas’,
les costará mucho trabajo poder insertarse en este nuevo momento que
vive el país”, dictaminó.

Hecha esta distinción entre opositores, no aclaró si el resto de la
sociedad civil opositora podría sacar beneficio de una ley tan esperada.

La mejor de las apuestas estadounidenses

Establecida la imposibilidad de que la oposición política fuera a
beneficiarse de una ley de asociaciones, y previstos los muchísimos
obstáculos que hallarían los opositores en cada una de sus actuaciones,
faltaba por declarar lo efectiva que podría ser la interlocución
estadounidense con los demás actores de la sociedad civil. Y a esa
asesoría de inversiones se dedicaron, en ponencia escrita al alimón, los
académicos María Isabel Alfonso y Arturo López Levy.

Pidieron ambos a las delegaciones oficiales estadounidenses que
incluyeran en su agenda encuentros con otros miembros de la sociedad
civil, y no solo con los grupos de oposición. Y, sin negar que estos
últimos formaran parte de la sociedad civil, cuestionaron su
legitimidad y su capacidad de acción. Pues existían “muchos otros en las
sombras aun con mucho más poder transformativo, y lo que es más
importante, con mayor legitimidad que esos que se oponen a las recientes
reformas de Obama hacia Cuba, y/o suscriben modelos de cambio de régimen
y de apoyo al embargo”.

Agregaron así un escrúpulo más de legitimación: rechazados ya todos
aquellos que hubieran faltado a las entrañas de la cubanidad o
trabajaran por un cambio de régimen, lo estarían también quienes se
opusieran a la nueva política hacia Cuba del presidente Obama.

Alfonso y López Levy se acogieron al esquema de sociedad civil con el
que la estadounidense Nancy Fraser proponía sustituir al conocido
esquema de Jürgen Habermas donde el Estado y la sociedad civil se
encontraban tajantemente separados. Fraser sostenía que el modelo
habermasiano había sido útil para explicarse al Estado-nación, pero
quedaba obsoleto en tiempos de globalización. Y puesto que Alfonso y
López Levy necesitaban el esquema de sociedad civil que contuviera menos
fricciones con el Estado, adoptaron el de Nancy Fraser. Pero, una de
dos, o leyeron mal a Fraser o entienden mal a Cuba. Porque dada la
delimitación de la ciudadanía como población nacional dentro de un
territorio en que se empeña el régimen cubano, Habermas se hace más
pertinente allí que Fraser. (Esto podría discutirse más largamente, pero
no es más que un instrumento conceptual, y no dudo del oportunismo
teórico de Alfonso y López Levy, que sabrían desembarazarse de cualquier
instrumento y adoptar otro con tal de continuar la que parece ser su
misión actual: expulsar de la sociedad civil a la oposición política
cubana.)

En su ponencia, ambos académicos llegaron a proponer una plataforma de
diálogo “inclusiva de ideologías diversas”, para “abrir un proceso
constructivo de nuevas narrativas democratizantes, al servicio de un
futuro cubano post-totalitario; diferente al de los vicios del pasado
republicano, pero más democrático que el establecido por un partido
único, dominante por los últimos cincuenta años”.

Una plataforma así tendría, sin embargo, este requisito que han dejado
claro: no podría ser “hostil al PCC”. Tal como diría un reclamo
publicitario: “De los creadores de Una oposición leal, ahora presentamos
Una sociedad civil oficial”.

Una sociedad civil secuestrada

Antes del 17 de diciembre de 2014, la mayoría de las presiones por una
nueva política estadounidense hacia Cuba hacían hincapié, no tanto en la
sociedad civil, como en el cuentapropismo. O bien hacían coincidir
cuentapropismo y sociedad civil. La Cumbre de las Américas, el llamado
del presidente estadounidense a contar allí con miembros de la sociedad
civil cubana, ha conseguido politizar de un modo muy saludable la
discusión sobre este tema. Sin embargo, muchos parecen interesados en
volver a ceñirla a lo económico.

Por razones que no tienen que ser totalmente coincidentes con las del
régimen cubano, los conferencistas del evento celebrado en Washington
procuraron convencer a la parte estadounidense de que no prestaran tanta
atención a la oposición política. Restaron legitimidad a la sociedad
civil opositora, y llegaron a presentarla como una mala apuesta para
EEUU desde el momento en que las demandas de los no opositores estarían
(cito a Alfonso y López Levy) “astutamente articuladas dentro de los
diferentes niveles y capas de coerción ejercidos por el aparato del Estado”.

Visto de esta manera, el mejor interlocutor dentro de la sociedad civil
sería aquel que conserve mayor capacidad de comunicación con las
instancias estatales. En el juego de los seis grados de separación,
ganaría quien gaste menos oportunidades en alcanzar a Raúl Castro. Se
trata, adaptada a los nuevos tiempos, de la vieja pretensión de
identificar al reformista dentro de las filas de la nomenklatura. Solo
que ahora el oculto, el todavía inmanifiesto, iba a encontrarse
escondido en las filas de la sociedad civil.

Expulsada de lo parlamentario desde su origen, la oposición política
cubana se encuentra amenazada de ser expulsada también de la sociedad
civil. Raúl Castro intentará convertir las relaciones reestablecidas con
EEUU en una pesadilla donde, cuando el diálogo no transcurra de gobierno
a gobierno, siga siendo él quien hable a través de una sociedad civil
secuestrada. Y para ello será empleada quizás menos coerción que
lógica empresarial. No importa entonces que el llamado de Barack Obama a
la sociedad civil haya sido el margen dejado a los principios: el
régimen procurará tergiversar ese margen mediante cálculos de
efectividad política y apelaciones al pragmatismo. Ofrecerá a la
interlocución estadounidense mejores candidatos que los de la oposición.
(Las negociaciones para una transición, ¿con quiénes terminan haciéndose?)

Llama la atención que los participantes del evento organizado en
Washington por Cuba Posible y el Cuba Research Center recomendaran en
sus ponencias diversas asociaciones y organizaciones de lo que ellos
consideran sociedad civil y ninguno aludiera al CENESEX de Mariela
Castro Espín, donde coinciden venturosamente la sociedad civil y la
sucesión política.

La pelea, ahora, es por la sociedad civil.

Source: La pelea por la sociedad civil | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1424400262_12985.html

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