Comités de represión

Polarización y sociedad civil

Polarización y sociedad civil
YOANI SÁNCHEZ, La Habana | Marzo 26, 2015

La familia de Yamila, de 41 años, es una muestra de la sociedad cubana.
El padre es del partido comunista, la madre católica que nunca abrazó el
proceso revolucionario, un hermano en Miami y ella misma trabajadora en
una empresa mixta donde gana algunos pesos convertibles. Cuando se
sientan a comer, discuten sobre el alto precio de los alimentos, los
bajos salarios, lo aburrida que está la telenovela o lo que han tardado
este mes las remesas del emigrado en llegar.

El fuego ideológico hace décadas que no atiza las pasiones en el comedor
de la casa de Yamila. El padre cada vez está más atemperado en sus
posturas políticas; la madre reza, mientras compra en el mercado ilegal;
el vástago que vive en la otra orilla viene cada cierto tiempo a pasar
las vacaciones y la voluntariosa cuarentona ahorra peso a peso para
comprarse un televisor pantalla plana. Son las dificultades cotidianas
las que les preocupan y los mantienen unidos. La lucha por sobrevivir
los hace dejar a un lado cualquier diferencia.

Ese microcosmos de una familia en la Cuba de hoy tiene mucho que
enseñarle a quienes desde posiciones polarizadas intentan decir qué es
sociedad civil y que no, pretendiendo poner límites y etiquetas
maniqueas a la diversidad de fenómenos que componen nuestra realidad.
Sin embargo, cualquier definición del entramado de ese complejo tapiz
que conforma una sociedad debe hacerse con la objetividad de reconocer
todas sus partes y el derecho a existir de cada una.

Tachar de oficialistas a unos y de vende patrias a otros solo ahonda las
distancias sociales y demora la necesaria transformación que debe vivir
nuestro país. En el tejido social actual hay hebras identificables que
deben ser tenidas en cuenta y que ningún tijeretazo de la intolerancia
debe excluir. Si somos conscientes de la responsabilidad que tenemos en
ese proceso de inclusión, entonces trataremos de no cortar
arbitrariamente ninguna parte del tejido.

El tema se vuelve candente a medida que nos acercamos a la Cumbre de las
Américas en Panamá, donde tanto el Gobierno como la oposición se alistan
para presentar su propia versión de la sociedad civil cubana. Todo
apunta a que, a pesar de las ansias conciliadoras de parte de los
organizadores panameños, en esa tribuna solo se va a escuchar una
versión sesgada de cada lado, no el tan necesario discurso de respeto al
otro y de pluralidad que necesita la nación cubana en este momento.

Si bien es cierto que las llamadas organizaciones de masas como la
Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la Asociación Nacional de
Agricultores Pequeños (ANAP) y los Comités de Defensa de la Revolución
(CDR) se comportan en lo ideológico como poleas de transmisión desde el
poder, debe tenerse presente que cada una de ellas engloba a un elevado
número de cubanos –ya sea por automatismo, incapacidad de elegir otras
opciones, miedo o verdadera complacencia– y cada una de nuestras
familias está compuesta en su mayoría por miembros de esas entidades.
Desconocerlas es amputar una parte de nuestra realidad.

Descalificar per se a una persona porque forme parte de la FMC, los CDR
o la ANAP, por ejemplo, se vuelve un acto de sectarismo y elimina del
debate nacional a una zona imprescindible de la ciudadanía. Entre ellos,
algunos muy capacitados desde el punto de vista profesional que formarán
parte de quienes ayudarán a reconstruir económica, social y
jurídicamente a Cuba. A la Cumbre de Panamá –subvencionados por el
Gobierno cubano y elegidos por considerandos ideológicos– irán muchos de
ellos, con propuestas que deben ser escuchadas.

Sociólogos, economistas, intelectuales y académicos cubanos llevarán
estudios muy sólidamente sustentados que aborden el tema medular del
encuentro Prosperidad con equidad: El desafío de la cooperación en las
Américas. En lugar de rechazarlos porque llegan con la orientación de
convertir el evento en una trinchera, resultaría muy saludable
interactuar con ellos desde el respeto y la propuesta. Panamá puede ser
el momento en que la sociedad civil cubana se encuentre y comprenda que
no hay hijo de esta tierra que deba ser excluido del debate nacional.

Por otro lado, la campaña oficial cubana ya ha comenzado a deslizar su
veneno sobre figuras y grupos de la disidencia, la oposición y el
periodismo independiente que asistirán también a la cita de abril. Esos
ataques no van dirigidos a dañar la autoestima de los activistas, ya
acostumbrados a la violencia verbal que les dedican constantemente, sino
a alejar el posible diálogo de esa parte de nuestra sociedad civil con
aquella que se reconoce más cercana al Gobierno o que defiende el actual
orden de cosas en la Isla.

Viajan, la mayoría, con boletos y estancias sufragados por instituciones
y entidades extranjeras, dada la indigencia material que viven desde su
situación de ilegalidad. Sin embargo, al proceso de selección de quiénes
estarán allí encarnando a esa porción de Cuba le ha faltado democracia
interna y la debida transparencia. Empujados por la improvisación y la
precariedad material, esos representantes deben saber que se les
evaluará también por las ideas y propuestas que aporten, no solo por las
anécdotas del dolor y la represión que han vivido.

Si la disidencia quiere mostrar su adultez, debe enseñar en Panamá que
tiene un plan de futuro y que no solo sabe vivir bajo la heroica
situación de ser un grupo perseguido, sino que sabe hacer política de
manera inteligente, mesurada y pensando en el bienestar de todos los
cubanos. Su agenda no solo debe incluir llamados a que se respeten los
derechos humanos y a que exista un marco de libertades individuales y
colectivas, sino que tiene que acercarse a los problemas cotidianos más
acuciantes de la ciudadanía que quiere representar.

Es muy importante también que esa otra porción de la sociedad civil
cubana que no se siente reconocida en las organizaciones de masas, ni en
los partidos de oposición comprenda que le corresponde jugar el papel de
puente, no de isla. Señalar hacia ambos lados y erigirse desde la
estatura moral de que ellos sí que no son ni “subvencionados por el
Gobierno cubano” ni “asalariados del imperialismo”, solo hace agregarle
más leña al fuego de las desconfianza.

El pequeño sector privado que trata de abrirse paso en la Isla, los
sectores vinculados a la Iglesia católica y otras denominaciones, los
académicos que han tratado a toda costa de mantener una mirada
independiente en sus análisis y aquellos grupos que defienden los
derechos de las minorías, buscan la emancipación femenina, la
independencia de artistas y cineastas o el fin de la discriminación
racial, todos deben saber que no ayuda que se coloquen a mirar el
enfrentamiento entre los dos polos desde la valla. Tienen la
responsabilidad de atemperar y formar parte del tapiz, no de agregarle
tijeretazos ni permanecer ajenos al conflicto.

Como en la mesa de Yamila, cada uno quiere vivir su vida, tener su
autonomía. Ellos ya lo han logrado, en el abrigo del hogar y la
comprensión que dan los lazos familiares. ¿Podremos alcanzarlo nosotros
como nación?

Source: Polarización y sociedad civil –
http://www.14ymedio.com/opinion/Polarizacion-sociedad-civil_0_1749425057.html

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