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Miami y el maleficio de la Cuba actual

Miami y el maleficio de la Cuba actual
En nada se asemeja a la que pintan Granma y la Mesa Redonda. Pero no
creo que pudiera adaptarme a vivir aquí
viernes, noviembre 20, 2015 | Luis Cino Álvarez

MIAMI, Estados Unidos.- Mentiría si digo que me siento en Miami como en
casa. Los cubanos, los de aquí, los de allá o los que estén en cualquier
lugar del planeta, luego de 1959 ya no conseguimos “sentirnos en casa”
ni siquiera en nuestras propias casas. Esa “incomodidad”, o más bien,
inadaptación crónica, es parte de un maleficio nacional del que parece
no haber modo de librarnos.

Miami…una monstruosidad de ciudad, con sus Walmart y Publix por doquier,
su tráfico endiablado, los choferes cañoneros, las luces rutilantes y el
agua y el idioma español por todas partes. Una ciudad que crece en todas
las direcciones, pero sobre todo hacia arriba, dispuesta a apropiarse
también del cielo, excepcionalmente nublado por estos días.

Esta ciudad es más de lo que uno imagina en Cuba, pero a la vez se queda
corta en algunos aspectos. No es exactamente lo que uno suponía.
Evidentemente, las carencias y la falta de libertad hacen que uno
suponga de más y exceda los límites de lo razonable, si es que todavía
hay algo que pueda resultar razonable para los cubanos, tan desmesurados
como las circunstancias nos han vuelto.

Aquí se tiene lo que falta en Cuba: comida, ropa, carros, casas bonitas,
que se me antojan endebles ante los huracanes, y aparatos, muchos
aparatos. Pero sobre todo hay libertad. Y derechos. Pero también
deberes. Muchos. Demasiados.

Derechos, deberes y cuentas se combinan en una ecuación que se me antoja
bastante complicada, especialmente para nosotros, que venimos de un país
convertido por el castrismo en una mezcla de cuartel, campamento,
cuartería y manicomio.

Me resulta desconcertante cómo se las arreglan muchos de mis
compatriotas, particularmente ciertos “aseres”, con esta ecuación. Pero
se las arreglan. Ahí están. Se les puede ver en los Sedano’s, por
Flagler o la calle 8, en Little Havana, o donde quiera, orgullosos de
haber logrado el “american dream” o su particular visión de él. Porque
eso sí, aquí todos los sueños son posibles: hay para todos los gustos, a
diferentes precios y con facilidades de pago.

El trabajo no deja demasiado tiempo libre. Se quejan muchos que “aquí se
vive solo para trabajar, comer y comprar”. La noche del viernes (Thank
God It’s Friday!), el sábado y el domingo, son para pasear, divertirse y
hacer visitas, previo aviso telefónico y consentimiento del potencial
visitado. Pero el domingo hay que irse temprano a la cama, para poder
levantarse temprano el lunes e iniciar otra semana de brega.

Y hay ese afán de comportarse y vivir según es el uso acá. No importa si
apenas chapurrean el inglés o saben solo unas pocas palabras mal
pronunciadas o ninguna. No importa si dichos usos tienen poco o
absolutamente nada que ver con nuestra idiosincrasia, con lo que fueron
sus usos hasta que llegaron aquí e iniciaron su “american dream”. Así,
los oyes repetir, cual si fuese un mantra, que “eso no se estila aquí”.
Y casi que llegan a convencerte de que uno debe esforzarse en imitar “lo
que se estila aquí”.

Créanme que es duro tener que esperar más de una semana para poder
encontrarte con algún amigo que no ves desde que se fue de Cuba en 1980,
y que te diga que está loco por verte, pero está muy complicado con el
trabajo, que ya hizo su planificación y hasta el próximo fin de semana
no te puede ver, si es que no surge alguna complicación.

Luego, cuando logramos reunirnos, después de los abrazos y las cervezas,
aceptadas ya las canas y las arrugas, cuesta mucho ponernos al día,
contarnos cómo discurrieron nuestras vidas y rememorar lo que vivimos,
que generalmente cada cual recuerda a su manera. Y viene el recuento de
los triunfos y los fracasos, las alegrías y las penas. Y su inevitable
colofón: la tristeza, que era justo lo que nos propusimos evitar desde
el principio. Pero, qué le vamos a hacer si somos unos jodidos
sentimentales sin remedio, que ni siquiera Miami logra alegrar con sus
jolgorios de fin de semana.

Cuba está presente a cada paso. La que cada cual quiere recordar.
Porque, definitivamente, olvidar no se puede. Ni tampoco se quiere. A
pesar de los malos recuerdos, que siempre tienen, al final del camino,
nombre y apellido: Fidel Castro y su puñetera revolución de hambre,
mugre y chivatería.

Me sorprende que luego de tanto tiempo aquí, algunos, los que viajan a
Cuba para visitar a sus familiares, tienen casi tanto miedo de “hablar
mal de aquello, de esa gente” como cuando eran vigilados por el
responsable de vigilancia del CDR (Comités de Defensa de la Revolución),
de cuyos informes dependía poder estudiar una carrera universitaria o
mantenerse en un empleo que valiera la pena.

Y te preguntan de Cuba y tú no sabes si decirles toda la verdad, o solo
una parte de ella, para que no duela mucho y no defraudar a los
optimistas. Porque no quiero volver a ver un rostro tan triste como el
que puso un amigo, que me confesó que su sueño es irse a vivir a Cuba
cuando se retire, y yo le solté de sopetón que ya no existe el mundo que
vivió en La Habana en su juventud, allá por los 70, que ahora ya las
cosas no son como eran. No estoy seguro si me disculpó la franqueza
cuando le dije que antes de regresar para quedarse, hiciera un viaje
exploratorio a ver si no cambiaba de idea.

Miami me es cercano y ajeno a la vez. En nada se asemeja a la que pintan
Granma y la Mesa Redonda. Pero no creo que pudiera adaptarme a vivir
aquí. Me sentiría como un bicho raro. En algunos tipos como yo, el
maleficio parece haber surtido efectos irreversibles.

luicino2012@gmail.com

(Luis Cino, periodista independiente que reside en Cuba, se encuentra de
visita en Estados Unidos)

Source: Miami y el maleficio de la Cuba actual | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/miami-y-el-maleficio-de-la-cuba-actual/

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