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El asilo geriátrico del Caribe

El asilo geriátrico del Caribe
MIGUEL SALES | Málaga | 18 Mayo 2016 – 7:44 am.

En las últimas semanas, algunos medios de prensa han vuelto a prestar
atención a la insólita evolución poblacional de Cuba. Un país —afirman—
que presenta características demográficas de nación desarrollada junto
con una economía tercermundista. En esa línea, el diario Granma, órgano
oficial del Partido Comunista de Cuba (PCC), recogía recientemente una
actualización de las cifras del último censo (2012), realizada a finales
de 2015 por el Centro de Estudios de Población y Desarrollo de la
Oficina Nacional de Estadísticas e Información.

Como casi siempre ocurre en el régimen, las estadísticas contienen
ciertos ajustes y un poco de maquillaje, con el fin de que los números
no se alejen demasiado de la realidad ideal que pretenden reflejar. Por
solo citar el ejemplo más flagrante, en el documento se afirma que el
balance migratorio de 2015 fue de menos 25.000. O sea, que de la Isla
solo se marcharon 25.000 personas más de las que llegaron allí en
calidad de residentes.

Resulta difícil conciliar esa cifra con los datos migratorios de Estados
Unidos, Ecuador, Panamá, México, España y otros países a los que
regularmente llegan emigrantes/exiliados cubanos. No he visto
estadísticas exactas al respecto, pero los números consultados apuntan a
que las dimensiones del éxodo de ese año fueron al menos el doble de las
que citan las autoridades de La Habana.

La coartada de la mentira estadística es el cambio de denominación de
los prófugos, resultado de la última reforma migratoria cubana. Antes de
2013, a quienes abandonaban la Isla sin intención de regresar se les
apuntaba en la casilla de “permiso de salida indefinido”, si el Gobierno
les autorizaba a viajar, o de “salida ilegal”, si se marchaban por su
cuenta y riesgo. Ahora esas personas son simplemente “residentes en el
exterior” que, en teoría, pueden regresar al país en los dos años
siguientes sin perder su condición de súbditos del régimen. De manera
que no cuentan como emigrantes ni se deducen del cómputo total de
población.

Como la realidad va por un lado y el análisis demográfico por otro, las
previsiones negativas parecen cumplirse cada vez más pronto. Hace un
decenio se calculaba que hacia 2025 los jubilados igualarían en número a
los trabajadores activos. Hoy se cree que esa paridad puede alcanzarse
en 2021.

Si el censo de 2012 indicaba que el 18,3% de la población de Cuba tenía
entonces 60 años o más —2.041.392 habitantes— y superaba en más de un
punto porcentual a la de 0-14 años, en la actualidad casi el 20% de los
cubanos tienen 60 años o más, lo cual comprende a unos 2.200.000
personas, en tanto que la población de 0 a 14 años apenas representa el
16 % del total de habitantes. Un cambio tan brusco (tres puntos y medio
porcentuales en apenas tres años) indica que algo funciona muy mal,
tanto en el sistema estadístico como en el conjunto de la sociedad.

Hasta hace poco, la interpretación oficial de los datos demográficos era
a la vez primaria y triunfalista, como casi todo lo que emanaba del
Gobierno. El descenso de la natalidad y el envejecimiento de la
población eran pruebas irrefutables del desarrollo y la modernización
aportados por el comunismo. En ese ámbito, Cuba estaba al mismo nivel
que los países más avanzados de Europa, etc. etc. Si crecía el número de
ancianos era porque aumentaba la esperanza de vida, gracias a los
adelantos de la medicina socialista. Y si disminuía el número de niños
era porque, gracias al castrismo, las mujeres eran dueñas de su
sexualidad y se habían liberado de la esclavitud doméstica.

En esa argumentación se soslayaban u ocultaban aspectos tan básicos como
las causas y consecuencias de la migración, la incidencia del divorcio,
el aborto y el suicidio, el deterioro de las condiciones económicas y la
ausencia de medidas que favorecieran la natalidad.

El problema de los exégetas es que la ideología suele resistir bastante
mal a los embates de la realidad. Por mucho que traten de manipular las
estadísticas o de edulcorar su interpretación, es evidente que Cuba se
está convirtiendo en un gran asilo geriátrico y muy pronto el número de
jubilados superará al de personas económicamente activas.

* * *

Una de las primeras imágenes que saltan a la vista en las ciudades
cubanas es el crecido número de ancianos que malviven en la miseria y la
mendicidad. Caminan por las ciudades tratando de vender cualquier
fruslería o de brindar algún servicio, a cambio de unas monedas. La
prensa oficial no los llama mendigos o pordioseros, sino que los
denomina eufemísticamente “deambulantes” y la policía los detiene y
encierra en albergues durante unos días cuando va a llegar a la Isla
algún visitante de postín. Estas medidas constituyen “un protocolo de
actuación para la admisión, diagnóstico, atención y reinserción social
de las personas con conducta deambulante”, según el pomposo comentario
que publicó recientemente el periódico Juventud Rebelde. En este
enfoque, el desamparo y la mendicidad se transforman en “un estilo de
vida”, generalmente causado por los conflictos familiares, el
alcoholismo o la demencia senil, sin que la política gubernamental tenga
la más mínima responsabilidad en origen del fenómeno.

Sin planes de pensión privados, sin propiedades, sin negocios, sin
posibilidad de trabajar más y en muchos casos abandonados por los hijos
que se marcharon del país, el destino de miles de viejos cubanos es
vivir de la mísera jubilación que les proporciona el Estado —10 dólares
mensuales en 2016—, de la caridad de la Iglesia católica o de los
parientes afincados en el extranjero. Y su número crece de manera
inexorable, con el consiguiente aumento de los costes de asistencia
social, pensiones y atención médica.

En los próximos años esta situación va a empeorar, porque las tendencias
demográficas son profundas y no cambian de la noche a la mañana. La
población envejece y la emigración va en aumento, sobre todo entre los
jóvenes, que ven escasas perspectivas de futuro en un régimen opresor e
improductivo. No hay inmigración a la vista. Aunque algunos emigrados
han vuelto, por diversas razones, son pocos —cubanos o no— quienes
desean establecerse permanentemente en un país donde no hay libertad y
la economía está en quiebra. Tampoco se han creado alicientes para que
los jóvenes funden familias y procreen más.

La crisis demográfica de la Isla encierra un potencial de pobreza,
sufrimiento y atraso social cuyos efectos apenas empiezan a
manifestarse. Las causas reales del fenómeno no se examinan
abiertamente, porque hacerlo entrañaría un debate sobre la naturaleza
del régimen, la ausencia de libertades, la violación sistemática de
derechos y la incapacidad productiva del comunismo. Y sin una discusión
de esos asuntos fundamentales, difícilmente surgirán soluciones eficaces
a medio o largo plazo.

La paradoja de la situación es que los ancianos son a la vez víctimas
del sistema que los ha sumido en la miseria y sus más seguros
defensores. Las sociedades envejecidas —tanto en Japón, como en Alemania
o Uruguay— tienden a ser muy conservadoras y sienten aversión hacia los
cambios bruscos. Los viejitos cubanos, que dependen en grado sumo de las
limosnas del régimen, en forma de pensiones, subsidios y servicios
médicos, funcionarán en el porvenir como pilares del mismo sistema que
los transformó en seres pobres, medrosos y sin autonomía.

Tres generaciones de cubanos han vivido coreando consignas, marchando en
la plaza, cortando la caña y montando la guardia del CDR. Mientras
duraron los subsidios extranjeros —primero la URSS, luego Venezuela— el
tinglado propagandístico funcionó medianamente y el régimen logró
disfrazar las carencias de todo tipo con escuelas relucientes,
hospitales historiados y medallas olímpicas. Pero cuando las dádivas se
acabaron, la escenografía de cartón piedra se vino abajo. Hoy las
escuelas se pudren en el campo, los hospitales están cochambrosos y
carecen de los insumos más elementales y los atletas huyen al extranjero
en busca de libertad y salarios que reflejen su valía.

La metamorfosis del “pueblo combatiente”, que exaltaba la propaganda, en
la masa mendicante que impone la realidad resume la intrahistoria de la
mal llamada “revolución cubana”. Ningún volumen de discursos, ninguna
manipulación estadística, ninguna complicidad de admiradores extranjeros
alcanzará a enmascarar ese fracaso. Y nada lo simboliza mejor que la
cáfila de jerarcas octogenarios que en la clausura del último congreso
del PCC prometían, entre vítores y aplausos de sus secuaces, que los
próximos diez años traerán más de lo mismo.

*Miguel Sales preside la Unión Liberal Cubana y es vicepresidente de la
Internacional Liberal.

Source: El asilo geriátrico del Caribe | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1463553859_22444.html

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