Comités de represión

El mural, ese arte rupestre revolucionario en extinción

El mural, ese arte rupestre revolucionario en extinción
¿Por qué existe todavía semejante fósil viviente de la propaganda castrista?
Miércoles, junio 29, 2016 | Ernesto Santana Zaldívar

LA HABANA, Cuba.- En cierto momento de la película cubana Conducta,
cobra relevancia ese objeto de nuestra vida cotidiana que nunca nos
importa, el mural, cuando se pone en él una estampilla de la Virgen de
la Caridad; algo inverosímil en la vida cotidiana, pero que le sirvió al
director Ernesto Daranas para decir muchas cosas que el público
comprendió a la perfección.

Sin embargo, en este caso lo más significativo era la estampilla de la
Virgen, no precisamente el mural, que sirvió solo de escenario por el
papel que se supone que tiene en nuestra vida social: un noticiero de
pared con lo más notable de la actualidad, un prontuario colectivo de
las ideas básicas que deben guiarnos en la noble empresa de construir
una nueva sociedad.

Le preguntas a cualquiera qué cosa es un mural y unos dicen que es donde
se ponen las efemérides, o los nombres de los destacados, o las fotos de
los mártires, o “donde se exponen nuestras consignas y propósitos
revolucionarios”, como me dijo alguien. Los jóvenes mascullan algo y
hasta se ríen, o se asombran de una pregunta tan impertinente. Un tipo
ya maduro se encogió de hombros y rezongó que “eso es cosa de los viejos
recalcitrantes”.

De cierto modo todo eso es verdad, pero no está mal preguntarse por qué
cuando uno se despierta todavía el mural sigue ahí. O sea, qué
importancia tiene para que el gobierno siga haciendo gastar toneladas de
papel, madera, cartulina y otros materiales cuando la mayor parte de las
personas no le tiene la menor consideración.

Claro que es una tradición impuesta desde la escuela propagandística
soviética, pero el concepto partió del arte popular en los muros, del
collage, el grafiti y diversas formas del arte urbano, que el aparato
ideológico comunista convirtió en pantalla para proyectar los monstruos
de su razón en la comunidad básica y en la muchedumbre extensa. Ya
sabemos que puede haber carteles, letreros y fotos del panteón castrista
por doquier, pero lo que no puede faltar en cada comité de defensa de la
cuadra, en cada centro de trabajo y cada escuela es un mural.

Hace decenas de miles de años, los hombres elaboraron pasmosas pinturas
murales en cuevas y solapas rocosas, representando animales, formas y
seres reales o fabulosos. Aunque hay otras interpretaciones más
sustanciosas, la más práctica pretende que los antiguos expresaban
deseos, pintaban para que la caza les fuese propicia. O sea,
representaban un bisonte para poderlo cazar.

De cierto modo, el arte rupestre revolucionario “pinta un bisonte para
poderlo cazar”, expresa un anhelo. El bisonte es la mente de las
personas: esas fotos, frases, ese rancio ajiaco de historia y monserga,
de próceres y caciques rojos, de mentiras e insultos, ese terrorismo
mediático de cómic, ese torvo mensajero en la puerta de la casa y ante
los ojos de un niño que aún no sabe leer, solo pretende decir: “No
escuches ni mires ni digas ni pienses otra cosa. Esta es la verdad”.

Y la verdad, pura y dura, que muestra en definitiva el mural es el
fracaso, el pasado muerto y el imposible futuro, la decadencia de la
revolución. No es solo que uno puede encontrar murales que llevan mucho
tiempo sin ser actualizados —vaya palabreja—, sino que ya han
desaparecido hasta el punto que si encontramos alguno podemos
considerarlo un fósil viviente.

Todavía, a veces, el encargado de hacerlo se esmera: pinta o recorta
florecitas y arabescos, pone elementos decorativos, utiliza tipos de
letra y colores llamativos, pero todo con el único objetivo de “cumplir
la tarea”, pues a nadie se le ocurre hoy un mural puede existir para que
las personas se detengan a observarlo. Se trata solo de obedecer la
rutina que, como lluvia de eterno aburrimiento, cae desde las nubes
superiores.

Porque si hay algo que nadie mira ni ve es el mural. No funciona como
esa información subliminal de letreros y gigantografías que, aunque no
les prestes atención a voluntad, percibes inconscientemente. El mural
llegó incluso a bajar de muros y paredes y pararse sobre tres patas,
como caballete ambulante, ante la gente, en los pasillos y entradas de
entidades y departamentos. Pero ni así.

Pudiera hacerse un concurso millonario que ganaría quien, a la salida de
un edificio, un centro de trabajo o una escuela, pueda mencionar una
frase o una foto del mural que había dentro, en el medio de un salón, y
con el que casi debió tropezar. Habría que ver si alguien puede ganarlo.
De hecho, es seguro que se podría confeccionar un mural llenándolo de
frases estúpidas o “contrarrevolucionarias”, imágenes de monigotes o
cualquier cosa absurda, y que pasaría largo rato antes de que alguien,
incluso un delator, se diese cuenta de la herejía.

El periodista y escritor Roberto Quiñones llegó a decir que, algún día,
los infames de hoy “se presentarán como antiguos disidentes y
convertirán en heroicidades haber criticado al régimen en sus tertulias
caseras o haberle tirado un hollejo de naranja a un mural de un CDR”.

¿Habrá ese día —como quien, por “ostalgia”, nostalgia por el Este,
colecciona hoy baratijas del caído imperio soviético— coleccionistas de
murales cubanos?

Source: El mural, ese arte rupestre revolucionario en extinción |
Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/el-mural-ese-arte-rupestre-revolucionario-en-extincion/

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