Comités de represión

El dilema del ‘acompañante’

El dilema del ‘acompañante’
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 23 de Diciembre de 2016 – 08:56 CET.

Puede haber sido San Pablo el primero en convertir a su carcelero en
“prisionero”, en este caso de la fe. Conducido a Roma para ser
ejecutado, el apóstol estaba literalmente encadenado al custodio, y
este, no pudiendo zafarse del condenado, quedaba psicológicamente atado
a él.

De alguna manera la historia ilustra el dilema universal de la
imposibilidad de escapar al mensaje cuando físicamente se está unido a
quien lo divulga. Aún más si se trata de una prédica sencilla,
apasionada, tenaz. Puede estarse en contradicción con el mensaje, pero
resulta imposible ignorarlo.

A esa historia de la vida real remite el filme cubano El acompañante
(2015) del director cubano Pavel Giroud. El guion cuenta los inicios del
enfrentamiento al VIH por las autoridades cubanas, la militarización de
la vida de los enfermos, y los pasos para hacer más humana la reclusión
obligatoria del portador.

Hoy sabemos con certeza que los primeros infectados del virus fueron
soldados cubanos destacados en Angola, y que el régimen vio en ello un
ultraje al heroico internacionalismo proletario. Vinimos a saber de
cubanos con sida tras el primer fallecido, un miembro del ballet
contaminado, no faltara más, en Nueva York, y para más estigma, homosexual.

Gracias a un amigo, conocí el sanatorio y algunos pacientes cuando
empezaba a desmilitarizarse. Tuve una larga conversación con quien era,
probablemente, uno de los militares contagiados, a quien el actor
Armando Miguel presta la piel en el oficial Daniel Guerrero. La estancia
en el sanatorio de Los Cocos —para entonces ya nadie usaba uniforme
militar— fue narrada en un reportaje que el editor de una publicación
cubana se negó a publicarme, previa consulta, dijo, con “las altas
esferas de la Salud y el Partido”. Una de esas “esferas” puede haber
sido el mismo individuo defenestrado años después tras decir que la
polineuropatía carencial se debía a una avitaminosis, y no a otra causa.
Así es la vida en el reino de ese mundo: quien a mentiras mata, a
mentiras muere.

Pero, de vuelta al conflicto que nos ocupa, con la entrada de civiles al
sanatorio se implementó un sistema de pases controlados en los que el
portador —no los enfermos de SIDA— podían ir a las casas y visitar sus
familias bajo estricta vigilancia de un “acompañante”.

Aquí Giroud introduce al músico y actor Yotuel Romero en el personaje de
Horacio, un campeón de boxeo caído en desgracia por dopaje. Horacio será
el vigilante que controle la vida interna y externa de Daniel, el héroe
militar devenido VIH positivo, díscolo, irreverente, en fuga permanente
porque “no puede vivir un minuto sin libertad”.

A pesar de ser un filme atrevido en medio de tanta censura real e
imaginaria, El acompañante no es original en el mundo del totalitarismo,
descubriéndonos el “dilema del vigilante”. Recordemos La vida de los
otros (Das Leben der Anderen, 2016), película alemana de argumento
parecido: un oficial de la Stasi recibe la misión de vigilar al
dramaturgo Georg Dreyman; en la medida que conoce su vida diaria
comienza a preguntarse por qué se le persigue. El oficial de la Stasi
llamado Gerd Wiesler llega a proteger al artista cuando conoce que el
verdadero objetivo no es otra cosa que una aviesa rivalidad cultural, y
la pretensión de hacerse con la actriz-novia del escritor.

Hace muchos años oí a un político cubano quejarse del cada día más
ineficiente papel de vigilante-delator de los Comité de Defensa de la
Revolución (CDR). De que el “enemigo” ya no “temblaba” cuando se
pronunciaban esas letras. Y eso que no ha existido en la historia de la
humanidad un control semejante. Ha sido el sueño emperadores, reyes y
caudillos.

La respuesta al político cubano es fácil: es el dilema del vigilante.
Quien espía a sus vecinos convive con ellos; debe comer, dormir,
divertirse en el mismo lugar. El vigilante termina vigilado; compartir
con quienes espía, el pan a sobreprecio, el litro de leche robado de la
bodega, comprar al vecino una batica para la hija, traída desde Miami
por el mismo a quien años antes le tiró huevos —ojalá los tuviera ahora—
y le gritó “escoria” en la cara. En la casa del CDR —lógico, por ser la
menos vigilada— se puede jugar a la bolita y al dominó por dinero. No
hay que preguntarse mucho por qué los CDR ya no son los que eran antes.
Por qué nunca volverán a serlo.

Algo anda “mal” cuando a los “mítines de repudio” hay que traer vecinos
de otros lugares; cuando las verificaciones en los CDR para tener un
trabajo o un viaje no son confiables; y las reuniones se posponen, se
acortan, se suspenden sin más. Comienza así a resolverse el dilema del
acompañante: vigilante y vigilado se hacen cómplices, colaboradores,
diríase que por poco, amigos. La desconfianza y el chivatazo comienzan a
ser historia cuando ambos saben que la sobrevivencia de ambos está en juego.

Source: El dilema del ‘acompañante’ | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1482279343_27574.html

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