Comités de represión

Cuba y el síndrome del miedo adquirido

Cuba y el síndrome del miedo adquirido
En cada papel de la obra farsesca de la revolución gana quien luce el
mejor disfraz
Miércoles, febrero 22, 2017 | Víctor Manuel Domínguez

En Cuba las paredes tienen oídos, los árboles ojos y en cualquier sitio
donde coincidan dos personas o más, existen cámaras ocultas para grabar
los atentados verbales contra la esclerótica revolución (foto EFE)

LA HABANA, Cuba.- En Cuba las paredes tienen oídos, los árboles ojos y
en cualquier sitio donde coincidan dos personas o más, existen cámaras
ocultas para grabar los atentados verbales contra la esclerótica
revolución, según muestran las recelosas expresiones y la unanimidad
formal de la ciudadanía, cuando se cuestiona en público al régimen o a
la cúpula vitalicia en el poder.

El miedo a señalarse como apáticos, hipercríticos o desafectos al
“socialismo” cubano o al liderazgo histórico del país, y a ser víctimas
de una delación que los marque como contrarios a la revolución, hace
crispar los nervios, disparar las alarmas sensoriales, escoger con tino
las palabras a decir, trastocarlas, prostituir la opinión y ponerse a
tono con un follón ideológico que todos niegan y aborrecen de pe a pa
entre amistades confiables o en el entorno familiar.

No importa si lo dicho por el supuesto provocador es que el fondo
habitacional está en ruinas, los alimentos son de mala calidad y a
precios elevados, tal dirigente es corrupto, el otro tiene pinta de
tracatán, aquel de mujeriego y ese de borrachín, para que a una frunzan
el ceño, miren hacia los lados y hacia atrás con tímidos gestos evasivos
y caras de ‘yo no estaba allí’.

Tampoco si quien escucha es un vendedor clandestino de carne de res, una
prostituta de calabozo y granja de rehabilitación, un consumidor del ron
espurio conocido como Salta pa´tras, un médico con tres hijos exiliados
en Madrid, o una ingeniera repatriada del Ecuador, siempre que sus
vivencias o delitos no sean tomados como actos contra la revolución.

Síndrome del miedo adquirido

El problema es que al estereotipado policía que cada cubano tiene
dentro, lo alimenta una legión de miedos inducidos, que se convierten en
parálisis sociales programadas y cárceles de opinión, que tienden a
entorpecer o ponen freno al verdadero criterio personal de andar por
casa, en un ejercicio de temor compulsivo que anula o transforma la
imagen de la realidad.

Según una pastoral hecha circular hace un tiempo por sacerdotes
orientales bajo el título El síndrome del miedo adquirido, la parálisis
social del cubano nace de seguir al dedillo expresiones conformistas
como ‘una sola golondrina no compone verano’, ‘es mejor malo conocido
que bueno por conocer’ y ‘si la vida sólo te da limones, hazte una buena
limonada’, entre otras que frustran los deseos de transformaciones en el
país y en la vida personal.

Además, si a estos y otros conceptos manejados en la pastoral le
añadimos el temor inducido por la maquinaria psicológica gubernamental a
través de los medios de comunicación, no hay dudas de que los cubanos
tendrán que hacer de tripas corazón para sacudirse el miedo a los demás,
al ejercicio de sus derechos a tener una propia opinión y a expresarla
sin ningún temor.

Es verdad que programas televisivos como Día y Noche, Tras La Huella y
UNO, todos de corte policial y basados en hechos reales de acuerdo con
las advertencias de cada presentación, inducen a la precaución o al
temor cuando te ponen en la pantalla que tras la máscara del más
zarrapastroso cubano de a pie, la más servicial y gentil ciudadana, o el
más encopetado y respetable señor, se encuentras las traidoras y
obscuras esencias de un simple delator.

Esta fórmula de sembrar desconfianza en el vecino, el rellenador de
fosforera de la esquina, el fumigador, el falso ciego que vende gafas
de sol, la profesora de secundaria, el gerente, la pregonera, el santero
y el doctor, surte un efecto de miedo que sedimenta el temor en una
población que para obtener cualquier nivel de realización, depende del
Estado “protector”.

No, pero sí

De ahí que un “no (creo en la revolución), pero sí (tengo que fingirme
seguidor)”, sea el pan de cada día del cubano, en su afán de sobrevivir
sin sobresaltos a la represión, y al interés de labrarles un incierto
porvenir a sus hijos en Cuba, que siempre pasará por la
incondicionalidad al régimen, a través de la participación de cuanto
haga o demande la política de la nación.

Un reciente llamado para que jóvenes de ambos sexos que arriben a los 14
años de edad se incorporen a los Comités de Defensa de la Revolución
(CDR), y las muchachas, además, a la Federación de Mujeres Cubanas
(FMC), puso en evidencia que aún subsiste el temor de negarse a ser
parte de organizaciones de masas criticadas y consideradas obsoletas por
la población.

Ana Solís, una vecina que cumplió condena por un desvío de recursos en
una cadena del pan en la capital, ante la pregunta de por qué, si no
cree ni está integrada al CDR ni a la FMC, acepta que sus hijos se
incorporen a dichas organizaciones de masas, respondió: “Si no lo hacen,
se marcan, y aquí hace falta un aval para cualquier cosa y es ahí donde
lo dan”.

Respuestas similares a estas son el denominador común en la sociedad,
pues si bien reniegan y acusan a esta y otras organizaciones y
organismos de ineptas, corruptas, ineficientes, manipuladoras y
oportunistas, además de integradas por todos los estratos y elementos de
la población, hay que acudir a ellas para resolver desde un permiso para
construir un excusado colocar una puerta, obtener ciertos empleos, o
viajar a cumplir misión al exterior.

De ahí que mendigos, militantes, académicos, prostitutas, intelectuales,
delincuentes, profesionales, vagos, ateos, creyentes, agnósticos y
trabajadores, se unan en su mayoría en un falso gesto de unanimidad a
los llamados de las organizaciones de masas a integrarse, votar, gritar
consignas, marchar, formar parte de un batallon de milicias o de un
equipo de dominó.

Hay que cumplir, dar el paso al frente para no señalarse con el poder,
dejar atrás derechos, honestidad y convicción, en un escenario de
máscaras tras el telón de boca de una nación, donde se mueven extras,
figurantes, apuntadores, dobles y pocos actores en su auténtico rol,
para que en cada papel de la obra farsesca de la revolución, gane quien
luzca el mejor disfraz.

Vicmadomingues55@gmail.com

Source: Cuba y el síndrome del miedo adquirido CubanetCubanet –
www.cubanet.org/destacados/cuba-y-el-sindrome-del-miedo-adquirido/

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