Comités de represión

Compañero!

‘¡Compañero!’
FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 27 de Mayo de 2017 – 10:08 CEST.

Entrando en un edificio de oficinas en Miami, alguien gritó a mis
espaldas: “¡Compañero!”. Hacia años nadie me llamaba así, por obvias
razones geográficas e ideológicas. Sabiendo de antemano que se trataba
de un cubano, me volteé. “Compañero”, insistió aproximándose, “¿me puede
decir dónde queda la oficina de Fulano?”. Después de orientarlo,
pregunté si llevaba mucho tiempo acá. Por supuesto, dijo que no.
Entonces le advertí: “No se acostumbra llamar compañeros a las personas
en esta ciudad; más bien usamos señor y señora”.

Tal vez el compatriota no comprendió bien. O para él, compañero y señor
es lo mismo. Puede que necesite reordenar un poco el lenguaje en la
Capital del Sol: para ciertos cubanos hay palabras de tristes remembranzas.

Que suceda así no es responsabilidad de la “mafia cubanoamericana”.
Tiene que ver con la manía de las revoluciones y las dictaduras de
cambiar los nombres y los significados de las cosas; de renombrar las
ciudades, las calles y las playas; de cambiar el pasado para dar un
valor distinto al presente. Y la peor de todas las intenciones:
renombrar las cosas para identificar amigos y enemigos. En una sociedad
sí, si la persona dice compañero, es de confiar. Si insiste en señor o
señora, tiene “problemas ideológicos”; es sospechoso de antipatía. Del
mismo modo, un exiliado de los “históricos” suele llamar Radiocentro al
cine Yara, y un revolucionario cabal Avenida Salvador Allende a Carlos
III.

Durante la Revolución Francesa los revolucionarios eran “ciudadanos”
—algo que retomaría el chavismo— para diferenciarlos de los condes,
marqueses y otros nobles. En la llamada Revolución Bolchevique, se
decían camaradas. En Cuba decir señor o señora y no compañero era
ponerse una soga al cuello; era una ofensa al interlocutor, quien
reaccionaba iracundo, como el personaje de El Hombre de Maisinicú:
“¡Compañero, y tanto o más compañero que usted!”.

Pero en verdad hay ciertas diferencias entre compañeros y compañeros, y
de esas disimilitudes parte todo. Por ejemplo, los compañeros ministros,
directores y gerentes viajan al extranjero, duermen en aire
acondicionado en un cuarto amplio, con intimidad para sus parejas. Los
compañeros ministros y directores tienen automóviles, chofer, y dietas
especiales asignadas. En su defecto, comen en la empresa, en el
Ministerio, casi siempre en un local aparte, donde nadie los ve. El
compañero ministro sabe diferenciar una langosta de un camarón por su
sabor, sale a pescar mar afuera, y al regreso —casi siempre regresan—
bebe whisky.

Más de medio siglo después, los compañeros obreros y campesinos siguen
en guaguas, en bicicletas o a pie. Duermen en aire caliente, acaso
soplado por un ventilador Órbita, hacinados en el cuarto, la pareja al
acecho de un instante para tener intimidad. Un compañero obrero o
campesino pocas veces sabría identificar el sabor de la langosta y el
camarón —los mariscos de ellos son para exportar y traer dólares (sic)—,
no sabe lo que es comerse un bistec de res detrás de otro. Nunca ha
viajado en avión, o acaso lo ha hecho dentro de la Isla; ni siquiera ha
tomado un barquito de papel por el ancho mar porque pudiera no volver;
si lo hiciera, le esperaría una botella de ron peleón o de “chispa”. El
compañero obrero y campesino —vanguardia— tiene vacaciones en el
“campismo popular”, o en unas descoloridas casas de Guanabo.

La palabra compañero cayó en desuso en los 90, cuando hubo necesidad de
turistas y dólares expeditos. Entonces revivió el castellano
prerrevolucionario. Varadero, las langostas, los Audi, y los campos de
golf fueron para los “compañeros” turistas. Pero hubo que enseñar a los
jóvenes: los “compañeros extranjeros” no eran comunistas, no estaban
acostumbrados sino a tratos de señor y señora. Los cubanos desconocían
entonces, y quizás todavía, que en todo el mundo, como muestra de
educación y respeto, se trata de señor y señora lo mismo a un millonario
que a un indigente.

En medio de tan utilitaria confusión, el cubano listo y chota inventó la
palabra “gusañero”, espécimen mitad compañero y mitad “gusano”. El
gusañero tiene un discurso revolucionario para afuera, público, y otro
capitalista adentro, en casa. Se alimenta de dólares, carros modernos y
viajes al extranjero. Pero puede salir a probar la caldosa del CDR,
hacer la guardia del Comité y participar en la reunión de rendición de
cuentas del Poder Popular si las circunstancias así lo requieren. Otros
avispados gusañeros buscaron trabajo en el exterior sin renunciar al
credo fidelista; el ingenio popular bautizó esa emigración como “exilio
de terciopelo”.

De modo que no podemos culpar a nadie acá cuando se moleste porque le
digan compañero. Fue y es una palabra discriminatoria en la Isla. Sigue
identificando a quienes son comunistas y separa a quienes son llamados
ciudadanos, o sea, contrarrevolucionarios y delincuentes, que para el
régimen son lo mismo. Y no debe haber dudas de que llegara el día en que
todos podamos ser compañeros-ciudadanos, sin distingos; un tiempo en el
cual el calificativo no será una Estrella de David o una esvástica en la
solapa existencial de las personas.

Por esas y otras muchas razones, hoy el poema más contrarrevolucionario
escrito en Cuba no está en Fuera del juego, del díscolo Heberto Padilla,
sino en “Tengo”, del comunista Nicolás Guillén. Así cantaba el poeta:
“Tengo, vamos a ver/ tengo el gusto de ir/ yo, campesino, obrero, gente
simple/ tengo el gusto de ir(es un ejemplo)/ a un banco y hablar con el
administrador, no en inglés/ no en señor/ sino decirle compañero como se
dice en español”.

Source: ‘¡Compañero!’ | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1495725628_31390.html

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